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viernes, 29 de enero de 2010

AÑO 1.963 - EMIGRO A ALEMANIA

Con veinte años cumplidos y con la experiencia de haber salido al extranjero el año anterior, tomé la decisión de pedir un contrato para irme a Alemania. En Alemania había muchos trabajadores de Santomera y no fue difícil conseguir un contrato de trabajo.

El día cinco de junio, junto con otros tres compañeros, entre ellos el novio de mi hermana Isabel, partimos desde la estación del Carmen de Murcia. Fue un viaje largo y duro. Salimos en dirección a Madrid; de allí partimos hacia Irún, cruzamos la frontera de Francia y seguimos hasta llegar a Colonia. Bajamos del tren y, como si fuéramos ovejas, nos guiaron hasta un lugar que por sus trazas parecía una universidad. Los jóvenes alumnos, tendidos sobre el césped, se reían, no puedo asegurar si era de nosotros o de la forma en que íbamos. Nos sentamos en el comedor y nos pusieron de comer arroz a la cubana y, de postre, una naranja.

Subimos al tren a media tarde, y a las dos de la madrugada del día ocho llegamos a la estación de Hannover. No había nadie esperándonos, ni gente en los andenes, y nosotros, con las maletas puestas sobre el andén, mirábamos cómo se perdía el tren en la lejanía. En ese momento me embargaron la angustia y la tristeza; me acordé entonces de mis padres, de mis hermanos, de mi pueblo, de Murcia y de mi España; pero no me pasaba sólo a mí, todos pensábamos lo mismo, porque de pronto escuchamos la voz del novio de mi hermana que decía "si no me tomaran por loco cogía la maleta y me iba a mi casa andando por toda la vía".

lunes, 25 de enero de 2010

VENDIMIA II

A la mañana siguiente hicimos las maletas y nos despedimos del jefe después de que nos pagara. De los cuatro compañeros que hicimos la vendimia, dos se marcharon a la vendimia del norte, otro se volvió a España, y yo me fui a la finca de La Pellatrice, que era donde estaba mi hermano José.

Mi hermano habló con el encargado de la finca para ver si yo podía trabajar en ella. El encargado habló con el dueño y éste le dijo que sí; la finca era muy grande y quedaba mucha uva por cortar, las lluvias habían comenzado y la uva empezaba a deteriorarse. Tuve que presentar mis papeles, en los que aparecía como porteador, o sea para sacar la uva que los otros cortaban; y así mismo seguí en esa finca.

Cuando se terminó la campaña y nos pagaron, después de hacer el recuento de lo que habíamos cobrado y lo que habíamos pagado por la comida, el resultado fue el siguiente: a mi hermano le habían quedado cuatro mil pesetas aproximadamente, y a mí, unas siete mil. Pensé yo que la diferencia entre lo que nos había quedado al uno y al otro era demasiado grande; su trabajo había sido cortando y el mío, sacando la uva hasta donde estaban los carros. Mi hermano estaba casado y con un hijo, y yo estaba soltero; la diferencia de situación entre los dos era bastante considerable, a él le hacía falta el dinero, pero a mis padres también les hacía falta para pagar cosas pendientes de atrás.

Me puse a pensar y llegué a una conclusión, le daría a mi hermano mil pesetas, que junto con las cuatro mil sumarían cinco mil, y yo, que había ganado siete mil, llevaría a mi casa seis mil. Así no habría esa diferencia tan grande. Se lo expuse a mi hermano y él me contestó: "tú haz lo que quieras, el dinero es tuyo"; y así lo hice, pero le puse una condición, que mis padres no se enteraran de que le había dado mil pesetas. El aceptó y así se hizo. Pero, pasado algun tiempo, a mi hermano le remordía la conciencia de no haber dicho a mis padres aquello que yo le puse como condición y un buen día se lo dijo a los dos, y todo quedó en risas entre todos.

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