Vistas de página en total

viernes, 29 de enero de 2010

AÑO 1.963 - EMIGRO A ALEMANIA

Con veinte años cumplidos y con la experiencia de haber salido al extranjero el año anterior, tomé la decisión de pedir un contrato para irme a Alemania. En Alemania había muchos trabajadores de Santomera y no fue difícil conseguir un contrato de trabajo.

El día cinco de junio, junto con otros tres compañeros, entre ellos el novio de mi hermana Isabel, partimos desde la estación del Carmen de Murcia. Fue un viaje largo y duro. Salimos en dirección a Madrid; de allí partimos hacia Irún, cruzamos la frontera de Francia y seguimos hasta llegar a Colonia. Bajamos del tren y, como si fuéramos ovejas, nos guiaron hasta un lugar que por sus trazas parecía una universidad. Los jóvenes alumnos, tendidos sobre el césped, se reían, no puedo asegurar si era de nosotros o de la forma en que íbamos. Nos sentamos en el comedor y nos pusieron de comer arroz a la cubana y, de postre, una naranja.

Subimos al tren a media tarde, y a las dos de la madrugada del día ocho llegamos a la estación de Hannover. No había nadie esperándonos, ni gente en los andenes, y nosotros, con las maletas puestas sobre el andén, mirábamos cómo se perdía el tren en la lejanía. En ese momento me embargaron la angustia y la tristeza; me acordé entonces de mis padres, de mis hermanos, de mi pueblo, de Murcia y de mi España; pero no me pasaba sólo a mí, todos pensábamos lo mismo, porque de pronto escuchamos la voz del novio de mi hermana que decía "si no me tomaran por loco cogía la maleta y me iba a mi casa andando por toda la vía".

lunes, 25 de enero de 2010

VENDIMIA II

A la mañana siguiente hicimos las maletas y nos despedimos del jefe después de que nos pagara. De los cuatro compañeros que hicimos la vendimia, dos se marcharon a la vendimia del norte, otro se volvió a España, y yo me fui a la finca de La Pellatrice, que era donde estaba mi hermano José.

Mi hermano habló con el encargado de la finca para ver si yo podía trabajar en ella. El encargado habló con el dueño y éste le dijo que sí; la finca era muy grande y quedaba mucha uva por cortar, las lluvias habían comenzado y la uva empezaba a deteriorarse. Tuve que presentar mis papeles, en los que aparecía como porteador, o sea para sacar la uva que los otros cortaban; y así mismo seguí en esa finca.

Cuando se terminó la campaña y nos pagaron, después de hacer el recuento de lo que habíamos cobrado y lo que habíamos pagado por la comida, el resultado fue el siguiente: a mi hermano le habían quedado cuatro mil pesetas aproximadamente, y a mí, unas siete mil. Pensé yo que la diferencia entre lo que nos había quedado al uno y al otro era demasiado grande; su trabajo había sido cortando y el mío, sacando la uva hasta donde estaban los carros. Mi hermano estaba casado y con un hijo, y yo estaba soltero; la diferencia de situación entre los dos era bastante considerable, a él le hacía falta el dinero, pero a mis padres también les hacía falta para pagar cosas pendientes de atrás.

Me puse a pensar y llegué a una conclusión, le daría a mi hermano mil pesetas, que junto con las cuatro mil sumarían cinco mil, y yo, que había ganado siete mil, llevaría a mi casa seis mil. Así no habría esa diferencia tan grande. Se lo expuse a mi hermano y él me contestó: "tú haz lo que quieras, el dinero es tuyo"; y así lo hice, pero le puse una condición, que mis padres no se enteraran de que le había dado mil pesetas. El aceptó y así se hizo. Pero, pasado algun tiempo, a mi hermano le remordía la conciencia de no haber dicho a mis padres aquello que yo le puse como condición y un buen día se lo dijo a los dos, y todo quedó en risas entre todos.

miércoles, 24 de junio de 2009

SALIDA A LA VENDIMIA (FRANCIA)

Corría el año 1962, tenía veinte años recién cumplidos y ya era tío de tres o cuatro sobrinos; porque mis tres hermanos mayores ya estaban casados. En casa quedábamos mis padres, mi hermana Isabel y yo. Lo que habíamos ahorrado entre todos trabajando lo gastamos en casar a los tres primeros; y todavía quedaba algo por pagar.

Consciente de la situacion de mi casa, bueno la de mis padres, pensé que tenía que hacer algo, y, a través de unas amistades, mi hermano y yo solicitamos contrato de trabajo para hacer la vendimia en Francia. Tanto a mi hermano José como a mí, nos mandaron los contratos. El día diez de Septiembre de 1.962 salimos de la estación del Carmen de Murcia con dirección a Francia. Pasamos reconocimiento médico en Cervere y seguimos rumbo a nuestro destino, Montpellier. Allí nos separamos; mi hermano llevaba contrato para una finca llamada La Pellatrice, y yo, con otros tres compañeros, marchamos a un pueblo que se llamaba Mireval.

Poco más de veinte días duró la vendimia con aquel patrón, que se llamaba Yuset Prieur. Cuando terminamos la vendimia hicieron una fiesta en el pueblo a la que invitaron a todos los vendimiadores. Recuerdo que había un músico con acordeón, y que muchas de las piezas que tocaba eran pasodobles españoles. Como a mí me gustaba el baile, con la mirada buscaba una chica que estuviera libre para pedirle que bailara; pero a las jóvenes parecía que les daba vergüenza de salir a bailar. Yo me fijé en una que estaba sentada junto a una mujer que podía muy bien ser su madre; pero mis compañeros, que se dieron cuenta de mi intención, me dijeron: "A esa no hace falta que te arrimes porque no quiere bailar con españoles". Les conteste: "Pues como yo pueda esa chavala bailará conmigo".

Me estudié la estrategia y les dije a los compañeros: "Voy a sacarla a bailar". "Pues vas a perder el tiempo", me dijo uno. Sin hacerle caso me fui hacia donde estaba sentada. Mis compañeros me seguían con la mirada para ver qué hacía. Puse en marcha mi estrategia, en vez de pedirle baile a la joven, se lo pedí a la mayor, pensando que sería su madre. La mujer se echó a reir, pero se levantó y se puso a bailar conmigo. La joven, que supuestamente pensaba que le iba a pedir baile a ella, cuando vio lo contrario, también se echó a reir. La música era un pasodoble ligero y la mujer, que de tonta no tenía nada, cuando llevábamos dos vueltas, se paró justo delante de la joven, la cogió de la mano, ella se levantó, y en un lenguaje que yo no entendía le dijo "danse, danse", y la joven, un poco sonrojada, se puso a bailar conmigo. Y así pasé aquella fiesta de la vendimia bailando con aquella joven.

viernes, 19 de junio de 2009

CAMBIO DE OFICIO

Cuando salí de la finca con mi bicicleta y mis herramientas de trabajo, tomé dirección a la obra que estaba cerca.
Llegué, dejé la bicicleta y entré en la obra. Varios obreros trabajaban en ella. Le pregunté a uno por el maestro. El me respondió: "Pasa ahí dentro, que está con el dueño de la obra".Pasé a un salón. Allí había dos hombres, les dí las buenas tardes y uno me preguntó: "¿Qué querías?". "Quería hablar con el maestro" le contesté, "me han dicho que estaba aquí". El hombre más alto, con un sombrero puesto, me miró de arriba abajo. Yo era poco más que un crío. "¿Qué querías" me dijo. Yo, sin pensarlo dos veces, le contesté: "He venido a pedirle trabajo en la obra, si hay, claro". Me volvió a mirar y me dijo: " Y tú ¿qué sabes hacer?". "Yo nada, pero nadie nace enseñado". Los dos hombres rompieron a reir, y yo me quedé sorprendido.Cuando terminaron de reir, el que llevaba el sombrero me dijo: "bueno, pues debido a que no sabes nada, el lunes te vienes para acá, que verás cómo aprendes".
Y así comencé mi andadura en la construcción. Aquel hombre del sombrero era mi maestro.El primer sueldo que cobré fué igual al que me pagaron haciendo hoyos, cuarenta pesetas al día. Mi hermano me decía: "¿ves?, si no te hubieras ido, ganarías más dinero". Pero a mí no me importaba que el sueldo fuera un poco más o un poco menos, yo lo que quería era aprender un oficio distinto al de la agricultura.
Pasaron unos meses y a mi hermano le volvieron a subir el sueldo, así que ganaba cuarenta y cinco pesetas diarias. Más motivo para recalcarme lo de "si no te hubieras ido"; pero yo no hacía caso a las palabras de mi hermano.
Dos meses después, un sábado nos reunimos todos los obreros en casa del maestro para cobrar. El maestro nos tenía preparadas dos sospresas. La una consistía en que, antes de cobrar, teníamos que descargar dos camiones de cemento de doscientos sacos cada uno. Aquellos camiones no llevaban basculante; por lo tanto, teníamos que coger los sacos y ponerlos en la culata del camión para que otros los cargaran y los fueran apilando en el acopio; y así, uno primero y después otro, descargamos los dos camiones con sus diezmil kilos cada uno.
Después nos lavamos con agua de un pozo que tenía en el patio, y nos fuimos poniendo en cola para cobrar. Y llegó la segunda sospresa. Cuando empezamos a entrar a cobrar, el maestro nos habia subido el sueldo diez pesetas diarias. La alegría que aquella noticia nos dió hizo que desaparecieran todos los signos de cansancio que teníamos por la descarga del cemento. Cuando terminó de pagarnos a todos, no nos habíamos ido ninguno, estábamos comentando la subida del sueldo. El maestro salió de la oficina y nos dijo: "no os vayáis, que os invito a un vino en casa de Juan el Carlos". El bar estaba en la misma acera, estaba separado de la casa del maestro por el cine Iniesta. La invitacion fué una gran cena de morcillas, longaniza, y de todo lo que se le ocurrió pedir al maestro.
A partir de ese día nunca me superó mi hermano en el sueldo, aunque para mí lo más importante no era el sueldo sino el oficio que estaba aprendiendo. A los diecisiete años, después de tres años de peón y amasador de yeso, ascendí a oficial de segunda, y, a los diecinueve, puse mi primer pavimento de losa de 20 x 20 con yeso y tierra. Ese día comenzó mi carrera como oficial de albañil.
Mi maestro, Antonio Rubio Fernandez, más conocido por Nene el Ciacero, me enseñó a trabajar el oficio, incluso a manejar las herramientas con las dos manos.
También los oficiales con los que estuve trabajando me enseñaron la destreza y el arte de hacer las cosas bien. Desde estas líneas, mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que me enseñaron y me aguantaron en mi carrera de la construcción.

martes, 16 de junio de 2009

MI PRIMER TRABAJO A SUELDO


Desde que me sacaron de la escuela, con nueve años, hasta los catorce, mi hermana Isabel y yo trabajamos en el campo y en la huerta plantando y sembrando distintos cultivos, como los pimientos, el algodón, los tomates, los melones y las sandías. Cierto es que hacíamos los trabajos más leves, los más duros los hacían mi padre y mis hermanos mayores, por ejemplo preparar la tierra, cavarla, regarla y sulfatarla; en fin todos los trabajos que mi hermana y yo no podíamos hacer. Así pasamos nuestra niñez.
A los trece años comienzo a trabajar a sueldo, en la agricultura claro, no sabía hacer otra cosa. Tenía catorce años cumplidos. Estaba junto con mi hermano José haciendo hoyos de un metro por un metro y uno de profundidad, en una finca al norte del barrio de Los Picolas, en el campo. El sueldo entonces era de cuarenta pesetas día, poco para el trabajo que hacíamos. Los mayores le pidieron al propietario de la finca que les subiera el sueldo, y él les contestó que se lo pensaría.

Al paso de unos días, les dijo que les iba a subir el sueldo diez reales, unas dos pesetas y cincuenta centimos al día. Yo, con catorce años cumplidos, empecé a pensar en el futuro que iba a tener trabajando en la agricultura como obrero. El sábado era día de cobro, porque se pagaba por semanas. Observé que cerca de allí había albañiles trabajando. Una idea pasó por mi cabeza, le dije a mi hermano: "José, el lunes no vengo a trabajar en la finca". Me contestó él: "Tú estás loco, si el papá se entera de que no vienes a trabajar no le va a dar ni chispa de gusto". Le contesté: "Mira, hermano, este trabajo no tiene futuro ninguno. He pensado que esta tarde, después de terminar aquí, me voy a acercar a esa obra y voy a pedir trabajo, y, si no lo hay en esa, lo buscaré en otra obra, pero en la tierra no trabajo más".

Por la tarde, cuando terminamos el trabajo, el dueño de la finca nos reunió a los obreros para pagarnos la semana. Pagaba quince pesetas más que la semana anterior como consecuencia del aumento de sueldo que había hecho. Cuando me nombró a mí, me acerqué y le dije: "A mí no me pague el aumento". Me miró y me dijo: "¿Es que tú no trabajas como los demás?" Yo le contesté: "Sí, pero es que el lunes no voy a venir a trabajar, y no quiero que después diga que fuí un aprovechado".

Me volvió a mirar y me dijo: "Y qué vas a hacer el lunes?". Le contesté: "Voy a buscar otra clase de trabajo que no sea el de la tierra". El hombre me pagó mi sueldo y me dijo: "Chaval, te deseo mucha suerte y, si no encuentras lo que buscas, vuelves aquí que tienes trabajo".

jueves, 11 de junio de 2009

MI PRIMERA COMUNION



Se acercaba la fecha de mi Primera Comunión, que sería el día de la Ascensión, en el mes de mayo del año 1951. Tenía ocho años cumplidos. No había dinero ahorrado, pero, al menos, mi padre y mis hermanos mayores tenían trabajo. A mis padres les hubiera gustado que llevara un traje de comunión y unos zapatos, pero con lo que ganaban no daba para eso.
Un día mi madre lo comentaba con las vecinas, cuando se ponían a coser en la calle por las tardes. Le dijo una: "Dolores, por qué no hablas con el Tío Frasquito, que si puede te va a solucionar el problema". Y así lo hizo mi madre. Aquel hombre se dedicaba a cobrar los recibos del seguro de Santa Lucía, el que da derecho al entierro cuando algún miembro de la familia fallece y está incluído en la póliza .
Como entonces dinero había poco, los grandes y pequeños comercios daban facilidades para pagar en pequeñas cantidades. El Tío Frasquito, que a través de su compañía tenía contactos con varios comercios, le dió un papel a mi madre para que fuéramos a Murcia.
A los pocos días mi madre y yo nos fuimos a Murcia en el autobús, y nos presentamos en el establecimiento que nos había recomendado el Tio Frasquito. Encima de la puerta de entrada se podia leer el nombre del establecimiento: CONFECCIONES PEDREÑO.
Entramos, y mi madre, con el papel en la mano, se dirigió a un dependiente, le enseñó el papel y él, después de leerlo, dijo: "Esperen un momento", y se marchó. Al poco tiempo apareció acompañado de otro señor que portaba en la mano el citado papel. "Dígame señora en qué puedo servirle". Yo me quedé sosprendido de que un señor tan bien vestido tratara a mi madre de señora. Pues bien, mi madre le expuso el caso de mi comunión, y el hombre le dijo con una sonrisa: "Señora, tratándose de la persona que le ha dado este papel, lo único que falta es que me diga lo que quiere y cómo quiere pagarlo".
Aquellas palabras llenaron de alegría a mi madre, que podía ver cómo su hijo Juan tenía la posibilidad de comulgar con traje y zapatos. Y así fuí el primero de los tres hijos varones que comulgaba con zapatos, igual que mi hermana Isabel. Los mayores lo hicieron con alpargatas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

EN LAS ESCUELAS GRADUADAS


Salimos de la clase y nos dirigimos a la segunda clase. El maestro tocó con los nudillos en la puerta y la abrió. Se oyó la voz del maestro de la nueva clase que dijo: "De pie", y todos los niños se levantaron. Digo todos los niños porque en aquellas fechas estábamos separados los niños de las niñas.
El maestro se acercó a nosotros y dijo: "Usted dirá señor director". A mí no me entraba aquel lenguaje, pero después lo entendería. Don Mariano Iniesta, que así se llamaba, le dijo al otro: "Pedro, aquí te traigo un alumno que en mi clase no puede estar; te lo traigo para ver si tú le puedes sacar punta". "¿Tan malo es?", preguntó don Pedro.


"Pues mira Pedro", le contestó el director, "este chavalín conmigo no puede aprender nada". "¿Por qué?", preguntó el maestro. "Porque este niño ha venido con la lección aprendida; sabe la cartilla y el rayas primeras, por lo tanto en mi clase no puede estar". "Vaya por Dios, yo creía que era por malo, o por ceporro. Bueno, pues entonces, que se siente en una de las sillas que hay al fondo, donde aquellas mesas" .

Dicho esto, el director saludó al maestro y se marchó. Y así empecé mi primer día de escuela, pasando de la primera clase a la segunda. Está claro y hay que decirlo todo: yo leía los libros de mi hermana Isabel, que era dos años mayor que yo. Además, ella también me enseñaba a leer y a escribir.

Tres años fui a la escuela. En ese tiempo pasé de la segunda a la cuarta clase. De manos del director pasé, como he dicho antes, con don Pedro Campillo a la segunda clase. Al año siguiente pasé a la tercera con don Sebastián. Al año siguiente, a la cuarta con don Juan González, y, cuando iba a pasar a la quinta con don Vicente Candel, mi padre decidió sacarnos del colegio a mi hermana Isabel y a mí, para trabajar en la tierra, ella con once años y yo con nueve.

Mucho insistieron los maestros y las maestras, pero fué inútil el intento. Mi padre se había comprometido con el encargado de la finca en la que trabajaba con mis hermanos, plantando hortalizas a medias en las tierras que poseía el citado señor.

Quería mi padre comprar la casa en la que vivíamos porque estábamos de alquiler y el dueño la puso en venta. Mi padre y mis hermanos tenían que hacer un doble esfuerzo, no podían dejar de trabajar en la finca porque los sueldos se necesitaban para comer y vestir. Tenían que trabajar la tierra que teníamos a medias, por las mañanas, antes de irse a hacer su jornada, y por la tarde, después de terminarla. Plantaban, regaban, y cababan. Sudaban como bestias porque en aquellas fechas de los años cincuenta no existían medios mecánicos para hacer los trabajos.

lunes, 9 de marzo de 2009

LA ESCUELA DE LOS CAGONES

De corta edad mis padres me llevaron a una guardería. La llamaban "La Escuela de los Cagones". Allí aprendí lo que nos enseñaba la tía Pereta, que era la dueña del local donde estábamos; nos enseñaba a contar los números, a cantar las canciones de la iglesia, a leer las primeras rayas, y recuerdo que, cuando salí de la guardería para ir a la escuela a la edad de seis años, ya sabía contar hasta cien, leía el libro de primeras rayas y parte del segundas rayas, escribía de los libros, y me sabía el catecismo completo.
Con este bagaje adquirido en la Escuela de los Cagones, cuando entré al colegio que entonces se llamaba Escuelas Graduadas y hoy se llama Colegio Publico Nuestra Señora del Rosario, el primer día fuí colocado en la clase primera; me quedé sorprendido cuando el maestro me dió la cartilla de la A. E. I. O. U., el maestro que se dió cuenta de que me quedé parado al ver la cartilla, me dijo "no te preocupes, verás cómo dentro de unos días ya te la sabes. Yo miré al maestro y muy tímidamente le dije: "es que esto ya me lo sé". El maestro se quedó un poco parado y me dijo: "pues lee que te vea yo". Cuando el maestro se percató de que yo sabía la cartilla, la cogió y se fue a la mesa, abrío un cajón y sacó un libro que yo reconocí enseguida. Se acercó a mí de nuevo y me dijo: "Coge este libro y empieza a leer"; comencé a leer, y el maestro después de escucharme unos momentos, tomó el libro y me dijo: "Coge tu cartera y vente conmigo".

viernes, 14 de noviembre de 2008

INUNDACIONES

Veintiocho de septiembre de 1947. Con cinco años recién cumplidos, recuerdo el desastre más grande conocido en el pueblo de Santomera: un diluvio que cayó en varios municipios se dirigió hacia Santomera porque los cauces naturales iban en esa dirección. Era tal la cantidad de agua que caía, que, del patio de mi casa, que estaba más alto, se metía hacia adentro. A mi madre no se le ocurrió otra cosa que encauzar el agua hacia un algibe que había en la entrada, sin pensar que no estaba enlucido.
Mi padre, que llegó en esos momentos, al darse cuenta del peligro que corría la casa si los cimientos cedían, salió al porche, cogió la azada y rompió los portales. Acto seguido abrió una zanja y guió el agua hacia la puerta de la calle. Como seguía lloviendo intensamente, el agua se colaba por el tejado y caía por toda la casa. Mi padre tuvo que hacer zanjas desde los dormitorios hasta la entrada, formando una cruz. Esto lo pudo hacer porque el piso de la casa era de tierra natural, y así podía salir el agua.
En lo más hondo del pueblo, justo al pasar la carretera Murcia-Alicante, existía una pared que cercaba una finca. Esta pared disponía de huecos en su parte baja para el desagüe del agua de lluvia, pero, debido a la cantidad que caía, eran insuficientes. Comenzó a subir el agua y, como si de un embalse se tratara, fué subiendo el nivel hasta ponerse el agua en la calle anterior a la nuestra.
La mayoría de las casas estaban construidas con adobe, y, al subir el nivel del agua, los bajos de las paredes se fueron reblandeciendo. Cuando el agua de la rambla entró en el pueblo, la pared del cercado no pudo aguantar la presión, y se derrumbó.
Al derrumbarse la pared, el agua bajó su nivel formando una corriente, la cual fue derrumbando las casas haciendo un efecto dominó. Fueron varias las personas que murieron ahogadas, según versiones entre once y catorce. También se ahogaron numerosos animales.
Gran parte del pueblo quedó derrumbado, un desastre tan grande que, después de la desgracia, se daban gracias a Dios por la hora en la que vino, fue a mediodía. De haber venido por la noche, la desgracia habría sido mucho mas grande. Lo más lógico, de haber venido por la noche, es que los vecinos se refugiaran dentro de las casas sin pensar lo que podía venir. Pero las familias se daban cuenta del peligro que corrían y de una forma o de otra se iban pasando a la otra parte del pueblo.
Aunque la guardia civil se oponía a que los vecinos pasaran a la parte inundada, por el peligro que corrían si cruzaban la corriente, éstos, haciendo caso omiso y exponiendo sus vidas, se arriesgaron, y, echando cuerdas y haciendo todo lo que podían, evitaron que el desastre humano fuera mayor.
Las autoridades locales, provinciales, y nacionales se pusieron pronto en marcha. En pocos años el devastado barrio pasó a ser el mejor barrio de Santomera. Con sus calles anchas y las casas con dos alturas, el barrio de La Mota pasó a llamarse, Las Casas Nuevas.

viernes, 7 de noviembre de 2008

MI CUNA Y MI PATIO DE RECREO

Todavía recuerdo la cuna en la cual estuve durmiendo bastante tiempo. Como no cabía por lo grande que yo estaba, le quitaron unas tablas en la parte de atrás y allí ponían una silla; y con aquel artilugio podía dormir con las piernas estiradas.
Al salir al patio había un trozo cubierto en el lado izquierdo, dividido por un tabique; la parte interior servía para los animales, y el trozo restante, de porche. En el porche había un arca para meter varias cosas.
Disponía de un pozo para sacar agua para el uso de la casa y para los animales; no se usaba para beber porque contenía demasiada sal para beberla.
No tenía aseo. En aquellos tiempos era difícil ver un aseo en las casas de los pobres.

lunes, 3 de noviembre de 2008

ASI ERA MI CASA

Las paredes estaban enlucidas de yeso, pero a lo basto, como revocado. Las habitaciones no tenían puertas, mi madre les puso cortinas a todos los huecos y a las ventanas, los techos que estaban tejados con teja tipo arabe estaban colocados en cama de barro sobre un tejido de cañas que se hacía por encima de las maderas. Como por la parte de abajo no estaba enlucido, por la noche, cuando estábamos acostados, los gatos, aprovechando la noche, se dedicaban a correr por encima de los tejados en busca de pájaros, aprovechando que éstos se encontraban en los nidos. Con las uñas levantaban las tejas para buscarlos, y, al mover las tejas, se desprendían terrones de tierra hacia abajo y, a veces teníamos que taparnos hasta la cabeza.
El otro dormitorio recuerdo que tenía dos catres, uno a cada lado de la entrada, en los cuales dormíamos mis dos hermanos y yo. Al fondo, detrás de los catres en el ángulo de la derecha, se encontraba una chimenea de leña, la cual servía, además de para calentarnos, para cocinar las comidas. También recuerdo la artesa de amasar el pan sobre su pie, su tabla y sus "cesneras" para cerner la harina.

viernes, 31 de octubre de 2008

TIEMPOS DIFICILES

Pasaban tiempos difíciles, estábamos en la posguerra y la falta de alimentos era el plato del día. Tenía dos años cuando mis padres y los cinco hermanos que éramos nos pasamos a vivir a la calle Alta numero siete, dejando la casa en la cual nacimos los cinco hermanos. Fue en esta segunda donde nacieron los dos últimos, Pedro y María, que murieron a los quince meses uno, y a los pocos días de nacer la otra.
La casa la recuerdo como era. Sólo tenía construido un cuerpo, o sea unos diez metros de fachada por cuatro de fondo. Tenía la puerta al centro, y, la que daba al patio, enfrente; en la entrada, unas sillas finas con los asientos de anea, una tinaja para el agua de beber en el ángulo del fondo a la derecha de la puerta del patio, y unos cuadros colgados en las paredes.
A la izquierda, el dormitorio de mis padres y de mis dos hermanas tenía dos camas, una de matrimonio y otra para mis hermanas, una mesilla entre las dos camas y un armario detrás de las camas. Tenía una ventana que daba a la calle y que no medía más de 0.60 de ancho por 0.80 de alto. En la pared de la derecha había un hueco de aproximadamente un metro por dos de altura con unas lejas para colocar varias cosas.

viernes, 17 de octubre de 2008

MIS ORIGENES

Según consta en mi partida de nacimiento, nací el día veintidós de agosto de mil novecientos cuarenta y dos , pero mi fecha real según mis padres fue el día siete del mismo mes y año; este retraso se debió a que la persona encargada de llevar los nacimientos al registro no tenía los medios necesarios para ir todos los días a la capital de Murcia, que era el municipio al que pertenecía la pedanía de Santomera, que actualmente tiene municipio propio.

Nací en la calle Alfonso XIII de la entonces pedanía de Murcia, Santomera. Mi padre, Manuel Manrique Salinas, y mi madre, Dolores Rubio Alcaraz, me bautizaron con el nombre de Juan, en memoria de un tío de mi madre ya fallecido.

Mis padres tuvieron siete hijos Manuel, José, Dolores, Isabel, Juan, Pedro, y María; pero, por desgracia, los dos últimos fallecieron, Pedro a los quince meses de nacer y María a los pocos días de nacer, por lo cual quedé como el menor de los hijos.

viernes, 10 de octubre de 2008

MIS MEMORIAS

A lo largo de mi vida mi pensamiento no era otro que escribir mis memorias,
no por necesidad, ni tampoco por capricho,solo pensaba que si lo que se dice no se graba, pasado el tiempo, todo se olvida. Entonces saqué la conclusión de que la mejor de las formulas era escribirlas. 

Sigo con atención estos BLOGS