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sábado, 28 de mayo de 2011

LA VIDA EMPEZABA A MEJORAR

A mi madre se le cambió la cara al ver que sus hijos podían comer. Mi hermana Lola se fue a servir a una casa de señores, y, aunque no ganaba mucho, al menos comía y vestía en la casa donde estaba sirviendo, y en mi casa había una boca menos que alimentar.

Pero otra vez vino la pesadilla de la vivienda; el dueño de la casa en que vivíamos residía en Barcelona y le comunicó a mi padre que vendía la casa; yo observaba en mi madre la cara de angustia que puso cuando se lo dijo mi padre. Pero mi padre, dándole ánimo, le dijo: "no te preocupes, que de esta casa no salimos".

Yo no había cumplido todavía los nueve años ni mi hermana Isabel los once cuando mi padre tomó la decisión de que ya no fuéramos al colegio ninguno de los dos, cambiamos el colegio por el trabajo de la tierra. Mi madre nos daba ánimo para que trabajáramos. Nosotros no entendíamos aquel cambio, pero mi madre nos decía: "algún día lo entenderéis", y nos sonreía.

Pasamos cuatro años trabajando en la agricultura, plantábamos pimientos, algodón, tomates, melones y sandías, y también criábamos novillos para después venderlos y recoger dinero. Y fruto del trabajo de mis padres, de mis hermanos y mío, mi padre compró la casa en la que vivíamos.

Fue entonces cuando, viendo la cara de alegría de mi madre, comprendí por qué nos habían sacado del colegio a mi hermana y a mí con tan corta edad. Había merecido la pena, ya no vería más a mi madre angustiada porque tenía que dejar la casa en que vivía.

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