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miércoles, 20 de febrero de 2013

PRIMERA COMUNIÓN DE MI PRIMER NIETO

A lo largo de mis años de jubilado, mi mujer y mis hijos se han encargado de que yo no me quede parado, y me han ido pasando competencias de las suyas para que me entretenga, por ejemplo llevar    a mis nietos Juan y Lucia al colegio Ricardo Campillo a las ocho y media de la mañana. Después me voy a la casa de mi hija y llevo a mis nietas Irene y Andrea al colegio Nuestra Señora del Rosario a las nueve de la mañana, y, por si faltara algo, vuelvo a la casa de mi hija, cojo a mi nieto Gonzalo y lo llevo a la guardería.

Después cojo el coche y me voy al campo, a la pequeña finca de naranjos que tenemos, echo de comer a las gallinas, al pato y al gato, y, después, me entretengo recorriendo la finca con una picaza en la mano, y voy quitando algunas matas de hierba de las que nacen por el huerto. Cuando miro el reloj y veo que son las doce y media aproximadamente, me cambio de ropa y me vuelvo al pueblo a recoger el "ganado" que había dejado horas antes.

Y así un día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro y un año tras otro hasta llegar al año 2010, en el que mi primer nieto hace la primera comunión. Pero hay que ver cómo se pasa el tiempo cuando uno tiene algo que hacer, y, sobre todo, si lo que está haciendo lo hace a gusto porque si lo que haces lo haces a disgusto, las horas se hacen días, los días se hacen meses, los meses se hacen años, y los años se hacen siglos. Por lo tanto, mi consejo es que el tiempo que gastemos en hacer algo, que lo hagamos lo más a gusto posible.

Cuando yo era niño, antes de comulgar no teníamos esas ganas de que llegara ese día. Es cierto que también nos daban una preparación antes de comulgar. A los niños y niñas que íbamos a comulgar, desde el colegio y por la tarde, todos en fila, nos conducían hasta la Iglesia para darnos la preparación suficiente antes de comulgar. Allí en la Iglesia, el cura y algunos profesores o profesoras nos daban lecciones de cómo teníamos que movernos y comportarnos; una vez terminada la clase, salíamos otra vez en fila hasta el colegio, y, de allí, cada uno para su casa. Pero no como ahora, que te tienen dos años llevándote por la tarde una vez por semana al salón parroquial, y, una vez allí, te deja el familiar de turno y se vuelve a su casa, y, cuando son las siete, vuelven a recoger lo que dejaron un rato antes.

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