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martes, 26 de octubre de 2010

LLEGA POR FIN LA DEMOCRACIA

Año 1.978, ya estábamos en la democracia, o al menos eso parecía; hacía tres años que Franco había muerto, ese mismo año se celebraron elecciones libres en España, y las ganó por mayoría absoluta el partido de la U.C.D., Unión de Centro Democrático, y entró como presidente del gobierno Adolfo Suarez. Pero antes de las elecciones se había restaurado la monarquía en España, ya teníamos nuestros flamantes Reyes, Don Juan Carlos de Borbón y Borbón y Doña Sofía de Borbon y Grecia, que ya tenían a sus tres hijos; la primera fue la princesa Elena, la segunda fue la princesa Cristina y el tercero fue el principe Felipe.
En enero de ese mismo año, alquilé la venta en la que había conocido a mi mujer, y la convertí en un bar, al cual nos pasamos a vivír; dormíamos en una habitación que yo había preparado para ello, y allí dormíamos los cuatro de la familia.
Pagábamos de alquiler diez mil pesetas mensuales, más los gastos de los servicios. Nos iba bien porque yo no dejé de trabajar en la construcción, pero como iba yo solo, podía hacer escapes de tiempo ciertos días para aprovisionar el bar de las cosas necesarias.
El coche que tenía, que era el que me hizo irme a Suiza, lo cambié por una furgoneta para poder transportar los materiales que necesitaba en el bar, y para traer vino de Jumilla, a donde iba dos veces por semana, porque también hacía venta ambulante de vino y refrescos.
Mi mujer era la pieza fundamental del bar, llevaba la barra desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche, que era cuando terminaba de limpiar el bar; también llevaba la cocina, y, además también se mataban todas las semanas un cerdo y dos o tres corderos.
Yo me levantaba a las seis de la mañana para abrir el bar, y estaba hasta las nueve menos cuarto. Mi mujer, después de levantar a mi hijo y mandarlo al colegio, me sustituía en la barra, y yo me iba a trabajar en la construcción con un señor que tenía varias fincas. Trabajaba de nueve a una y de tres a siete de la tarde, así que a medio día sustituía a mi mujer en la barra para que ella preparara la mesa para comer nosotros.
Por la tarde, cuando los obreros terminaban su jornada y algunos pasaban por el bar, yo ya estaba allí para apoyar a mi mujer en la barra. La verdad es que trabajábamos mucho pero nos iba bien.

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