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viernes, 19 de junio de 2009

CAMBIO DE OFICIO

Cuando salí de la finca con mi bicicleta y mis herramientas de trabajo, tomé dirección a la obra que estaba cerca.
Llegué, dejé la bicicleta y entré en la obra. Varios obreros trabajaban en ella. Le pregunté a uno por el maestro. El me respondió: "Pasa ahí dentro, que está con el dueño de la obra".Pasé a un salón. Allí había dos hombres, les dí las buenas tardes y uno me preguntó: "¿Qué querías?". "Quería hablar con el maestro" le contesté, "me han dicho que estaba aquí". El hombre más alto, con un sombrero puesto, me miró de arriba abajo. Yo era poco más que un crío. "¿Qué querías" me dijo. Yo, sin pensarlo dos veces, le contesté: "He venido a pedirle trabajo en la obra, si hay, claro". Me volvió a mirar y me dijo: " Y tú ¿qué sabes hacer?". "Yo nada, pero nadie nace enseñado". Los dos hombres rompieron a reir, y yo me quedé sorprendido.Cuando terminaron de reir, el que llevaba el sombrero me dijo: "bueno, pues debido a que no sabes nada, el lunes te vienes para acá, que verás cómo aprendes".
Y así comencé mi andadura en la construcción. Aquel hombre del sombrero era mi maestro.El primer sueldo que cobré fué igual al que me pagaron haciendo hoyos, cuarenta pesetas al día. Mi hermano me decía: "¿ves?, si no te hubieras ido, ganarías más dinero". Pero a mí no me importaba que el sueldo fuera un poco más o un poco menos, yo lo que quería era aprender un oficio distinto al de la agricultura.
Pasaron unos meses y a mi hermano le volvieron a subir el sueldo, así que ganaba cuarenta y cinco pesetas diarias. Más motivo para recalcarme lo de "si no te hubieras ido"; pero yo no hacía caso a las palabras de mi hermano.
Dos meses después, un sábado nos reunimos todos los obreros en casa del maestro para cobrar. El maestro nos tenía preparadas dos sospresas. La una consistía en que, antes de cobrar, teníamos que descargar dos camiones de cemento de doscientos sacos cada uno. Aquellos camiones no llevaban basculante; por lo tanto, teníamos que coger los sacos y ponerlos en la culata del camión para que otros los cargaran y los fueran apilando en el acopio; y así, uno primero y después otro, descargamos los dos camiones con sus diezmil kilos cada uno.
Después nos lavamos con agua de un pozo que tenía en el patio, y nos fuimos poniendo en cola para cobrar. Y llegó la segunda sospresa. Cuando empezamos a entrar a cobrar, el maestro nos habia subido el sueldo diez pesetas diarias. La alegría que aquella noticia nos dió hizo que desaparecieran todos los signos de cansancio que teníamos por la descarga del cemento. Cuando terminó de pagarnos a todos, no nos habíamos ido ninguno, estábamos comentando la subida del sueldo. El maestro salió de la oficina y nos dijo: "no os vayáis, que os invito a un vino en casa de Juan el Carlos". El bar estaba en la misma acera, estaba separado de la casa del maestro por el cine Iniesta. La invitacion fué una gran cena de morcillas, longaniza, y de todo lo que se le ocurrió pedir al maestro.
A partir de ese día nunca me superó mi hermano en el sueldo, aunque para mí lo más importante no era el sueldo sino el oficio que estaba aprendiendo. A los diecisiete años, después de tres años de peón y amasador de yeso, ascendí a oficial de segunda, y, a los diecinueve, puse mi primer pavimento de losa de 20 x 20 con yeso y tierra. Ese día comenzó mi carrera como oficial de albañil.
Mi maestro, Antonio Rubio Fernandez, más conocido por Nene el Ciacero, me enseñó a trabajar el oficio, incluso a manejar las herramientas con las dos manos.
También los oficiales con los que estuve trabajando me enseñaron la destreza y el arte de hacer las cosas bien. Desde estas líneas, mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que me enseñaron y me aguantaron en mi carrera de la construcción.

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