

Allí pasé el resto, hasta cumplir los dos años de mili. Por cierto, fue el último reemplazo que hizo dos años de mili, el siguiente hizo solo dieciocho meses; así que, junto conmigo, se licenciaron dos reemplazos más.
Tuve tiempo suficiente como para hacer un curso de radio-transistores por correspondencia en mi tiempo libre y de sacarme el carnet de conducir de primera por lo civil, que me costó dos mil quinientas pesetas en el año 1.966. Pero lo que yo creía que iba a aprender en la marina de guerra española no lo aprendí; era nadar y salir en los barcos por altamar.
El veinticinco de Septiembre de 1.966, una semana antes de cumplir los dos años de mili, nos licenciaron. El subteniente que nos pagó, cuando me tocó a mí, me dió la enhorabuena y me dijo "has salido para la policía nacional, dentro de un mes te tienes que presentar en Madrid"; yo me quedé mirandolo y le dije "pero si yo no he solicitado nada"; él me contestó "tú eres tirador de primera y por eso has sido elegido", "¿pero es obligatorio?" le pregunté, él me contestó "otros quisieran poder tener ese previlegio", "pues yo no, señor, y, si es posible, la renuncia la hago ahora mismo". Me miró y me dijo "sí claro", y sacó una hoja, la rellenó y se la firmé, y allí terminó mi etapa del servicio militar.
A mí me vino una idea, como no tenía graduado escolar, si me apuntaba tenía la posibilidad de tenerlo, y así lo hice. Con lo que no contaba yo era con que los que no se apuntaban salían de paseo por las tardes y los que nos apuntamos teníamos que dar las clases por las tardes.
El primer día en que empezamos las clases me dan la primera sorpresa, me dan la cartilla de la A E I O U; me quedo mirando al cabo y le digo, "mi cabo, esto me lo dieron a mí cuando tenía seis años, y ya me lo sabía". El cabo me contestó: "entonces tú no eres analfabeto, para qué te has apuntado"; yo le contesté: "porque yo creía que toda persona que no tuviera el graduado escolar era un analfabeto".
El cabo llamó al sargento y le explicó el caso, y el sargento llamó al cura, que era el que enseñaba la religión, y se lo dijo; el cura me llamó aparte. Cuando lo vi pensé, anda, que si veo a este hombre por la calle, voy a pensar que es cura vestido de militar como va, porque era un teniente sin sotana. Me dijo, siéntate; me senté frente a él y me dijo: "cómo te llamas", "Juan" le contesté. "Bien Juan, cómo andas de doctrina", miré al cura y le dije: "pregúnteme, teniente". Empezó a preguntarme y yo a contestarle; me preguntó todo el catecismo, al cual le contesté correctamente. Se levantó, me dió la mano y me dijo: "Juan, tú no eres analfabeto, hijo, te tomaré el nombre y los apellidos y cuando hagamos los exámenes te llamaremos para que vengas a hacerlos.
Y así fue, a los siete meses me llamaron para examinarme, y de más de setenta que estábamos, saqué el número dos, y así obtuve el graduado escolar, que entonces se llamaba Certificado de Estudios Primarios.
Estuve de pruebas en distintos puestos de la obra, primero colocando ventanas, después amaestreando y enluciendo paredes con mortero de cemento, y, la última prueba, colocando ladrillo en tabiquerías. A medio día el encargado de la obra me dijo que las pruebas habían terminado, me dio un papel y me mandó a la oficina.
En la oficina entregué el papel al oficinista y este me dijo que me esperara un momento. Me senté en una silla y esperé. Poco tardaron en llamarme, entré a un despacho, me tomaron toda la afiliación y me hicieron el contrato. Acto seguido lo firmé, y me mandaron a la policía para que me hicieran el carnet de identidad, y, una vez recogido, me mandaron a Milus para que me hicieran el reconocimiento medico.
En una de las obras que tenía la enpresa tuvimos que improvisarnos en el entresuelo una habitacion para los tres. Compramos un hornillo eléctrico para hacernos la comida y la cena y nos instalamos una luz y un enchufe en la habitación, y allí mismo cocinábamos.
Poco mas de cinco meses estuve trabajando en la empresa, pues ya les había advertido que tenía que volver a España para hacer el servico militar. El encargado de la obra, que se llevaba muy bien conmigo, me dijo que podía seguir trabajando en Francia y no hacer la mili, pero yo le contesté que la mili los españoles la hacíamos en España, y yo me venía para hacerla.
Cuando llegamos a mi casa mi hermano y yo, a mi madre le entregué el dinero que había traído. Treinta y dos mil pesetas; ya me podía ir tranquilo a la mili, sabiendo que ni mis padres ni yo pasaríamos falta de dinero mientras estuviera haciendo el servicio militar. Mi madre me dijo que el dinero me lo guardaría y que, si no era por una emergencia, que no lo tocaría. Yo seguí trabajando hasta que ingresé en el servicio militar.
Hablé con mi hermano José, que el año anterior había estado en Francia, en la construcción, y me dijo que allí se necesitaban oficiales, pero que no había que esperar contrato porque el año anterior la empresa mandó muchos contratos para oficiales y, de los que fueron, la mayoría eran peones; por eso no se fiaban.
Mi hermano escribió a la empresa, y ésta le contestó que, si queríamos trabajar, que nos fuéramos sin contrato y, una vez allí, nos harían las pruebas de oficial y si eran buenas nos darían el contrato.
El importe de mi trabajo ya tenía destino; mi otra hermana, la menor, mi Isabel se casaba el año próximo, pero el gasto de la boda estaba cubierto. Se casó el día catorce de Marzo de 1.964. En mi casa quedamos mis padres y yo con la alegría de haber casado a mi hermana, y con la tristeza de que se había marchado de casa para siempre.
Yo empecé a calcular la situación económica de mi casa y el futuro que teníamos por delante mis padres y yo. Ese mismo año me tenía que incorporar al servicio militar y mis padres se quedaban solos durante dos años.